Había una vez un niño, que quería escribir un cuento… no quería que comience con “Había una vez”, entonces intentó con “Y comieron perdices”, pero le dio mucha pena por las pobres perdices…
Desconsolado miraba la hoja en blanco y su deseo fue tan profundo que por su ventana entró un ser alado. El niño le pregunto:
-¿Quién eres?
- Malaika, repondió el ser alado.
Malaika a su vez le preguntó su nombre y este abriendo los ojos con asombro le dijo:
-Niño, por su puesto, ¿no lo sabes?
Malaika sonrió y le contó que había un lugar secreto donde esconder las perdices, para que nadie se las coma.
-¿Quieres ir? le dijo extendiendo su mano, Niño la tomó y sin decir más se encaminaron a ese lugar.
El lugar se llamaba “Aquí” y estaba tan cerca que nadie lo podía encontrar. Cuando la gente lo empezaba a buscar se pasaba siempre de largo, volvía sus pasos ¡y otra vez!
Malaika le explicó que para ingresar solo podían hacerlo juntos, tomados de la mano y pensar ambos la palabra secreta. En un movimiento suave, se acercó a su oído e hizo silencio ya que la palabra era tan secreta que nadie la había dicho nunca.
Ya dentro Niño empezó a recordar el lugar, en el que nunca había estado.
No tenía límites, ni medianeras, a su paso las cosas que eran transparentes se iban desvaneciendo y había solo una casita muy coqueta, sin puertas y con ventanas que ocupaban toda la pared. En el ingreso había un perchero donde dejar los miedos colgados.
“Aquí”, se transformaba cuando ellos entraban en un pueblito de solo dos habitantes, que rápidamente se pusieron de acuerdo y por amplia mayoría determinaron que no habría leyes que no se puedan cumplir.
Niño recorrió Aquí y con los ojos muy abiertos iba asombrándose con lo que veía. Los negocios no eran negocios, se llamaban tomadurías, donde solo tenías que tomar lo necesario, no había por supuesto despachante, ni existía el dinero. Había en el cielo una luna siempre llena, aunque fuera de día y la única tomaduría en riesgo era la que vendía abrigos, porque al sentir frío solo bastaba con abrazarse.
Niño junto a Milaika aprendió todo esto y mucho más, notó que los relojes repetían siempre el mismo “tic tac”. Aprendió a hablar con las manos y que cuando estas conversan, sus dedos se entrelazan. Milaika, le enseñó a ver con los ojos cerrados y acariciar con la piel mientras las manos dialogan. Dicen que no había una vez, que no hubo una vez, que hay una vez y que Niño y Milaika vivieron allí solo esa única vez y para siempre.
Y ¿Las perdices?
Cierto, las perdices, quién sabe, ya son libres y están a salvo, porque nadie se las comió.
las manos hablan un mensaje de dedos entrelazados y, las pedices siempre seran libres
ResponderEliminarMe gusto leerlo!
gracias...
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