El otro día vi y leí algo que me produjo una serie de
sentimientos encontrados. Fue en Fecebook, esa especie de gelatina aglutinante
que nos alcanza a todos en este siglo XXI.
La imagen en cuestión era una pequeña nota escrita a mano por “Él”
un desconocido para mí, pareja de la dueña de la foto.
Resultó ser una nota muy cariñosa escrita años atrás
seguramente… decía varias cosas, pero entre ellas, difícil de soslayar, había
un te amo rotundo, firme y sincero…
No sé cuantos años haría de aquella declaración de amor,
dejada en la mesa de la cocina tal vez, o en un arranque más romántico en la
mesita de luz de ella. Lo imaginé yéndose a trabajar, comenzando su día y
teniendo ese gesto para con ella, su amada.
Es imposible, cuando algo nos atrae o atrae nuestra
intención, mirarlo poniéndonos en el centro de la escena. Me vi escribiendo y
recibiendo notas similares. Me vi sonriendo enamorado y enamorando un poquito
más. Pero también me vi hoy despojado de las notas, de los sentimientos y de
las que recibieron o emitieron. Ni siquiera tenían un rostro o varios. Solo
sentí la impostergable sensación del tiempo arrollador despellejándote como si
deshojara la flor de mi piel.
Cuantos te amo dichos al viento, cuanta sinceridad
perentoria, cuantas mujeres que pudieron
ser y no fueron, que fueron y no merecieron ser…
¡Te amaré por siempre! Decía la nota… “por siempre”, “te
amaré”
Todas las notas que escribí se han desdibujado, la tinta no
superó siquiera la vida útil del inútil intento de haberlas escrito.
Te amaré por siempre decía la frase retorcida y atrapada en
un abollado papel desechado junto al intento de ser feliz…