A veces me siento como una especie de Atlas sosteniendo al mundo, mi mundo tal vez. Entonces, las cervicales acuden al dolor como método no invasivo y Mis brazos marcados se pliegan y me recuerdan silentes que la piel es un manto de piedad y olvido.
A veces la noche olvida la idea de pensarse para dormir, mientras intento esquivar el latente correlato entre sueños y falta de sueño. Desprevenido recuerdo que el tiempo es apenas una magnitud que mide sucesos ordenados.
En mi vida desordenada, se hacen inevitables el recuento y el posterior balance que termina por descorrer velos impensados. La autocrítica nace espontánea y a punto de auto condenarme a muerte, el perdonarme a mí mismo surge salvador.
A veces noto que en ese desorden, sin embargo, tengo tantos años prolijamente ordenados en décadas de vivir pensando, de pensar viviendo, de pensar para vivir y de vivir para pensar y que aun así no he podido arribar a conclusión alguna que no me deje más que más tela para cortar y un puñado de sentimientos. Desgarro mis vestiduras y aplico paños fríos mientras en el telar de mis disquisiciones tejo la tela que sería envidia de cualquier araña.
Tu gata te araña en el preciso momento en que levantar mi vuelo se hace inevitable. No sé si aterrizo o caigo. No sé si esas uñas filosas han sido una herramienta que exige amor o simplemente un método transitivo de volverme a la realidad.
Vuelvo y me vuelvo a ir, dejando sin dejar. Me siento como si estuviera parado en el precipicio de tu sofá, como tu gata que logró atrapar mi atención. Solo que ella está tan tranquila y confiada. Siempre me pregunté si a ellos, los animales, les dolerán las cervicales. Ella está haciendo equilibrio naturalmente, yo, debo abrir los brazos para no caer e imagino frente a mí un fino cable de acero. Pie, tras pie me alejo tironeado por el dolor egoísta de dejar y el anhelo de encontrar. Mientras mascullo la inevitable frase que me vincula con sentarme a esperar.
A veces el desvelo me lleva a abandonar la cama y asociarme a ese sofá diurno que hoy será noctambulo. La luna redondea con su brillo el entorno recto de la habitación. No la veo, no es necesario, ella siempre está.
Vuelvo a caer, esta puta realidad desvaneció mi alambre, mi hambre por escribir, al punto de perder el deseo minucioso de elegir las palabras correctas.
Despierto de mi sueño despierto y solo tengo clara una cosa, me encaminaré hacia el sur. El final está cerca.
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